Diez minutos, dos meses

El día de mi presentación de póster fue el momento en que entendí lo que significaba arriesgarse. Había trabajado durante semanas, revisando cada detalle, repitiendo una y otra vez cómo debía sonar mi voz en inglés.

Una hora antes de la exposición, mi ansiedad me paralizó. Mi voz temblaba, sentía que no podía hablar. Busqué un espacio tranquilo en la universidad para respirar y convencerme de que era capaz. Cuando volví, el póster ya estaba en su lugar; solo faltaba yo.

El primer juez llegó y los nervios me jugaron en contra. Olvidé datos, omití detalles, me sentí pequeña. Pero entonces alguien del público comenzó a preguntar. Esas preguntas me dieron la oportunidad de reestructurar mi discurso, de darle ritmo. Poco a poco las palabras
fluyeron, mi confianza creció y mi corazón latía fuerte, ahora por alegría.

«Más que ganar un concurso, quería
demostrarme que podía hacerlo:
explicar ciencia en otro país.
«

Los siguientes jueces me escucharon con atención. En diez minutos resumí más de dos meses de trabajo. No gané, pero gané algo más valioso: confianza, motivación y el orgullo de haberme atrevido. Ese póster fue más que una exposición, fue la prueba de que mis sueños podrían volverse realidad.